Acaba de publicarse "La beata ciega", última novela de Antonio Miguel Abellán, ambientada en la Sevilla barroca del XVIII. En ella puede apreciarse el papel que desempeñó la Inquisición durante el reinado de Carlos III en la ciudad hispalense. Pero no fue solo Sevilla víctima implacable de esa institución religiosa que marcó a la población durante siglos a través de un régimen de terror en connivencia con la corona en toda la península. Existe un paralelismo inquisitorial con Sevilla en todas las ciudades de Andalucía.
En lo que a Almería se refiere, durante el siglo XVI tuvo lugar una tremenda represión inquisitorial sobre los moriscos almerienses que alcanzó la cifra de 235 procesos. En su mayoría, los procesados eran agricultores, habitantes de pequeñas poblaciones situadas principalmente en los valles de Andarax y del río Almanzora. Además de la capital, destacan los pueblos de Andarax, Fondón y Tíjola, por el número de vecinos víctimas de tan ortodoxa institución .
Siete fueron los moriscos almerienses condenados a la pena capital, de los cuales tres desfilaron en los dos autos públicos de fe celebrados en 1560. Más tarde, en 1567, sufrieron la hoguera otros tres condenados, y en 1578 una mujer de Andarax, llamada Leonor Xarrilla, fue relajada en la hoguera.
En Almería, el Tribunal tenía jurisdicción en la propia ciudad, así como en las vicarías de las Cuevas, de los Vélez, Purchena, Serón y sobre el partido de Vera. Además de las vicarías de Berja, Andarax y la de Zeel.
Esta nueva novela de Antonio Miguel Abellán nos invita a viajar en el tiempo, a introducirnos en un críptico mundo manejado por aquellos implacables defensores de la fe, quienes, en su falta de piedad, eran capaces de llevar a la hoguera, al destierro o a galeras a todo aquel que no acatara la ortodoxia cristiana.
Argumento
Siglo XVIII. Tras centurias de exterminio por herejía de judaizantes, protestantes y falsos musulmanes convertidos, la Inquisición sevillana entró en un período de debilidad. Ello le llevó a dirigir la atención hacia los frecuentes casos de solicitaciones que se producían en los confesionarios y a una desmedida persecución para erradicar la doctrina herética de Miguel de Molinos en monjas y beatas que ponían en peligro la ortodoxia religiosa. El Santo Tribunal aplicó además un férreo control de libros prohibidos, lo que dio lugar a una persecución de jansenistas y liberales, seguidores de las nuevas corrientes del pensamiento llegadas de fuera del reino, que crecían en la clandestinidad.
En aquella Sevilla dominada por el terror a la delación y convertida en un enorme templo católico sin dejar cabida a nada más, muchos sufrieron cárcel, galeras o destierro, aunque pocos terminaron en el Quemadero del Prado de San Sebastián. No obstante, antes de finalizar el siglo, aquellos vigilantes de la fe mostrarían una vez más su implacable fanatismo con la eliminación por el fuego del último reo, una beata ciega acusada de herejía y alumbradismo, condenada a morir en la hoguera.
En La beata ciega, fray Alonso de Valladares, monje agustino del colegio de San Acacio, a través de un mundo marcado por la intolerancia religiosa hacia un pueblo dócil y estancado en el tiempo, nos transporta a la Sevilla barroca en un absorbente relato autobiográfico donde se mezclan pasiones, intrigas y aventuras..