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La gran gesta de los andaluces en la curva del Níger

miércoles 23 de junio de 2021, 17:37h

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Ya se habla, aunque no mucho todavía, de la Biblioteca de Tombuctú, se conoce algo la relación de los andaluces con Mali y Níger, y hasta hay quien sabe que los Monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad en aquel lugar, son obra de andaluces. Mucho menos se conoce de qué forma llegó a hacerse posible esa íntima relación. Se trata de un episodio ocurrido hace ya cuatrocientos años, comenzado por un grupo de diez mil andaluces capitaneados por un cuevano y un sevillano, su lugarteniente. Los dos extremos, los reinos de Almería y Sevilla, al Mutasim y al Mutamid de nuevo unidos en una odisea por la libertad, esta vez en el Continente africano.

Todo comenzó en una cuerda de presos. Una de las que los reyes de Castilla ordenaron para trasladar poblaciones enteras a otro lugar de Andalucía, y de algunos otros de los reinos peninsulares. Una verdadera Odisea africana para una parte de los escapados los diez mil andaluces que, gracias a su decisión, pudieron ver realizado su sueño. El sueño de Yuder Pachá. Una gesta comparable a la del gran Alejandro Magno, aunque en este caso los números fueran menores en todos los casos, menores en cifras totales, pero idénticos en proporción.

Alejandro iba movido por el ansia de conocer, la necesidad de crear. Yuder y los suyos también quisieron crear para obtener un lugar dónde instalarse. De formar una nueva patria. Después de la redada, los conocidos como “cristianos nuevos” ó “moriscos”, eran conducidos a pie, durante kilómetros, para entregarlos al servicio de algún miembro de la nobleza que les cambiaría el apellido y los obligaría a bautizarse aunque ya estuvieran bautizados. Les imponían una nueva personalidad para que se doblegaran a ser castellanos, para que dejaran de ser andaluces. Muchos, miles de los conducidos no se conformaron, no se doblegaron. Se escaparon, a veces a costa de asesinar a sus guardadores. En una de las largas hileras, la cuerda de presos que cruzaban los montes del reino de Jaén en dirección al oeste y al norte, quedó rota. Harto de látigo, de vejaciones y de muertos que quedaban en el camino, Diego Guevara, llegado hasta allí desde su pueblo, Cuevas del Almanzora, terminó con el sadismo y la vida del verdugo que los vejaba para vigilarlos. Ya sólo le quedaba huir ó perder la vida.

Prefirió vivir.

El paso dado suponía una ruptura con todo lo vivido hasta entonces: la pérdida de su casa, de una familia acomodada en Cuevas. Peor habría sido la esclavitud vestida de servidumbre en alguna plantación del noble que le tocara. Y empezó a elaborar su sueño. En las costas andaluzas se encontró con otros miles de huidos que, como él, habían preferido el exilio a la deportación obligados a llevar el sello de “moriscos”, a pesar de haber practicado la religión cristiana, ellos y sus ascendientes, sólo porque Felipe II, incapaz de frenar al corso en alta mar, necesitaba dinero para mantener sus guerras en Europa. Es natural: el decreto de deportación interior, para despersonalizar a los vencidos en las guerras consideradas “cruzada”, incluía la confiscación de todos sus bienes.

Traspasada la mar hasta la costa africana, desde dónde tanta empatía había cruzado con anterioridad en ambas direcciones, su primera preocupación fue que los andaluces entraran en Marruecos como personas civilizadas y colaboradoras, que no aparentaran ser una banda de salteadores famélicos. Su determinación, su carácter, su capacidad para aglutinar y dirigir a los hombres, cautivó a los lugareños que empezaron a llamarle “Yuder Pachá”; por su estatura, “Pequeño Señor”. Se enfrentó a unos miles de desesperados a quienes convirtió en una fuerza limpia, preparada y disciplinada hasta el punto de que, el ejército por él creado fue decisivo para el Califa al Mansur. Gracias a los andalusíes, la máxima autoridad del reino de Marruecos pudo hacer frente a varias sublevaciones que pretendían derrocarlo. Su intervención también fue decisiva en la “guerra de los tres reyes” y muy especialmente en la decisoria batalla de Alcazarquivir, dónde obtuvieron la victoria para al Mansur frente a sus dos contendientes.[1]

Al Mansur valoró la calidad del hombre que, de unos miles de desheredados, había hecho el cuerpo de ejército más fuerte y disciplinado de Marruecos. Y le encargó la tarea que mejor podían desear Yuder y sus diez mil andaluces. Mientras muchos soñaban con el regreso y la recuperación de la tierra y la casa perdidas, convencidos de la imposibilidad de volver, más aún de enfrentarse al que entonces era el ejército más potente de Europa, se planteó encontrar un lugar dónde pudieran crear un nuevo hogar. Una nueva patria dónde poder convivir, como habían venido haciendo en la que acababan de perder.

El Califa de Marruecos hacía algún tiempo que aspiraba a conquistar las tierras del desierto y las situadas más al sur, tras los campos de sal: las fértiles tierras de la curva del río Níger. En aquel momento todo aquel espacio formaba parte del Imperio de Sudán, que abarcaba una amplia franja, desde el desierto a la sabana, y desde el Índico al Atlántico. Todas las tentativas anteriores del Califa habían fracasado; habían tropezado con la dificultad para atravesar los desiertos, el de arena y el de sal y de, si conseguían llegar, enfrentarse al ejército del Askhia, el Emperador de Sudán. Los andaluces, hostigados y diezmados por la dureza del camino, consiguieron llegar, famélicos. La suerte les había echado una mano, sólo una en tan inhóspito recorrido; una providencial ayuda que se les volvería en contra con el tiempo: cuando estaban a punto de desfallecer de hambre y sed en la gran extensión salina, apareció una caravana. El dirigente caravanero se negó a venderles agua y comida, Diego Guevara, ante la situación en que se encontraban, la confiscó. Las caravanas eran sagradas, pero Diego no la asaltó ni la robó, que hubiera constituido un delito de la máxima responsabilidad: pagó la cantidad estipulada por el propio caravanero.

Llegados a la curva del Níger, los andalusíes trabajaron con los nativos, pero los gobernantes locales, primero, y luego el propio Askhia, decidieron hacerles frente. Los andalusíes no eran conquistadores, su intención no era crear un imperio, menos aún vaciar el lugar para instalarse, al contrario, deseaban entenderse y convivir con los nativos. A diferencia de quienes los habían expulsado de sus tierras, no pretendían ocupar el territorio, sólo poder vivir en paz.

Fracasado el intento negociador, los diez mil andalusíes a las órdenes de Yuder Pachá y Reduán (lugarteniente, conocido como “el sevillano”), se vieron forzados a luchar ante el ataque del ejército del Askhia, formado por más de cincuenta mil individuos. Fue un enfrentamiento desigual, de los que pasan —deben pasar— a la historia, en el que la mejor estrategia pudo vencer a un ejército cinco veces superior. Pero los andalusíes no buscaban conquistas; perdonaron la vida al Askhia quien accedió a firmar un acuerdo con ellos. La coincidencia de intereses entre Yuder y el Califa de Marruecos había caducado en el momento en que llegaron al desierto. Pero, pese a no llevar ansias de conquista, enviaron al Califa algunos cargamentos de oro, pese a lo cual les conminó a volver, opuesto a que se quedaran en la curva del Níger: quería que lo entregaran a la posesión colonial de Marruecos. Yuder y los suyos buscaban una tierra dónde asentarse, un lugar con cuyos nativos entenderse. Una tradición de siglos de tolerancia debía ser mantenida. Y allí había sitio para todos.

Jamás se aprovechó de sus conquistas, trató como iguales a sus vecinos, amigos desde el primer momento o vencidos en la batalla. Por esa razón se integraron y fueron aceptados. Yuder fue querido en Níger tanto como lo había sido en Marruecos.

Pero chocaban principios morales, filosofías. Intereses.

Pese a recibir importantes caravanas cargadas de oro, el Califa llamó a Yuder a Marrakech con el pretexto de consultarle. Yuder y Reduán accedieron, engañados, pero se encontraron con que el Califa había sido depuesto por su hijo, Mulay Zidán, quien prendió a los victoriosos líderes y los sometió a juicio. Se preocupó de adornar la farsa, y testificó a su favor, cínicamente, forzado por la multitud marroquí congregada en las calles en apoyo a Yuder. Pero también afirmó que había traicionado los intereses marroquíes por no haber devastado las tierras después de la batalla y no haber asesinado al Askhia. Zidán temía al hombre que era capaz de aglutinar al pueblo alrededor suyo.

La acusación de traición resultó incoherente y falta de fuerza. Entonces el jurado tiró de la caravana, que calificaron de asalto. Era la única forma de legitimar el asesinato de unos líderes por quienes el pueblo marroquí se manifestaba a las puertas del tribunal. Les acusaron de transgredir las leyes de Alá y les llamaron “asesinos de caravanas”. Ahí encontró el tribunal la “razón” que le faltaba: las caravanas eran sagradas en la ley coránica. Y, en vez de condenar la negativa de socorrer a varios miles de personas a punto de fallecer, manipularon la legislación para condenar a quienes los habían salvado.

Reduán, murió rezando a la Virgen del Pilar, cuya imagen llevaba al cuello. Él y los más de diez mil andaluces que hicieron el largo y peligroso camino hasta Tombuctú, que se internaron en las arenas capaces de sepultar a un ejército y la gran extensión de sal, dónde no existe la vida, habían ayudado al Califa en sus guerras y habían vencido para él. Fueron piezas importantísimas en la guerra de los tres reyes y deshicieron traiciones contra el propio Califa.

No habían ido al Níger como conquistadores y por eso fueron aceptados. Modernizaron el país, crearon regadíos, lo industrializaron en la medida de su tiempo. Dieron a Tombuctú Monumentos que hoy son Patrimonio de la Humanidad. Se integraron con la población, pero mantuvieron su personalidad, personalidad que aún hoy perdura en miles de personas, la mayoría de las cuales conservan los apellidos impuestos como apodo por los nativos: Armas y Turé.

La Biblioteca Ahmed Babá, formada en Tombuctú con libros llevados por los andaluces, cuenta con obras como La Biblia, el Nuevo Testamento, los cuentos de D. Juan Manuel o Las Moradas de Santa Teresa. Seguramente su posesión en la península habría sido suficiente para que la Inquisición los convirtiera en sospechosos.

Y es que estos andaluces, llamados “moros” en el Estado español y “cristianos” en Marruecos, han dado escritores, reformadores como Samori Turé o legisladores admirados en África y en el mundo como Ahmed Sékou Touré, líder independentista y primer presidente de Guinea Konakry. Pero no todos pudieron ver completado su sueño, porque el brazo que los guiaba cayó víctima de los celos, la envidia y la intransigencia, personificada en el usurpador Mulay Zidán.

[1] En esta batalla falleció el joven rey de Portugal, don Sebastián, lo que puso la corona portuguesa en las sienes de Felipe II.

Rafael Sanmartín

Estudió Filosofía y Marketing y es especialista en Historia. Ha trabajado en prensa, radio y TV. Obtuvo el premio 'Temas' de relato corto por El Puente (1988), así como el '28-F' (2001), por La serie La Andalucía de la Transición, emitida por Canal Sur Televisión. De su producción literaria cabe destacar: El País que Nunca Existió (1977), El Color del Cristal, novela (2001), La Importancia de un Hombre Normal, que narra la biografía de Blas Infante, (2003), Historia de Andalucía Para Jóvenes (2005), Grandes Infamias (2006) y De Aquellos Polvos... La Autonomía y sus orígenes históricos (2011) Para el autor "la Historia es el espejo donde podemos vernos y conocernos, aunque, como está escrita por los vencedores, debe analizarse con espíritu crítico para poder interpretarla".