Darwin Núñez, delantero del Liverpool, no consigue terminar de despuntar en una coyuntura compleja en la que ni él ni su nuevo club terminan de encontrarse. No obstante, no es la primera vez que el exjugador del Almería pasa por algo así, y puede que la respuesta a la incógnita, la resolución del problema del gol, esté en sus recuerdos del Estadio de los Juegos Mediterráneos. Si quieres sumergirte en la realidad de los anteriores equipos del astro uruguayo y que tu conocimiento valga, una excelente idea es hacerlo participando en apuestas y pronósticos de fútbol.
Sus inicios en el aurinegro
Darwin Gabriel Núñez Ribeiro nació durante junio de 1999, en un país tan céntrico respecto de su capital portuaria como lo es el Uruguay, en la zona más septentrional y alejada de Montevideo, Artigas. Este acontecimiento fortuito supuso, de forma indefectible, que para cumplir su sueño de ser futbolista debiera mudarse desde muy joven y competir contra cientos de chicos procedentes de los diecinueve departamentos de su país. Tal vez allí forjó su temple, o lo trajo de su ciudad natal, bisagra entre Uruguay y el sur de Brasil, de la que pasó a Montevideo y se le concedió el más alto honor, el de defender al club de sus amores, Peñarol, en el que debutó en 2017 gracias al entrenador Leo Ramos. Nadie es profeta en su tierra, y de la misma forma que un delantero legendario como Luis Suárez se fue por la puerta de atrás de Nacional de Montevideo y con el estigma de errar ocasiones insólitas, Darwin se marchó con apenas cuatro goles en 22 partidos, y, en varios de estos encuentros, así como desempeñándose en la sub-20 “celeste”, silbado. Algo, anticipándose a todos, incluso a lo que parecía augurar la lógica, vio la Unión Deportiva Almería en él para desembolsar 6 millones de euros por su ficha. Y Darwin supo cumplir.
El paso por España. ¿La llave para revertir su desacierto?
La pregunta preliminar, entonces, debe ser: ¿qué versión incipiente de Darwin Núñez incorporó a sus filas el club español para 2019/2020 y con qué propósito? Y, para atender a la respuesta, es preciso decir que el germen del delantero que es hoy Darwin en el Liverpool de Inglaterra, ya estaba en él durante este tramo. Darwin falla más de lo que debería por su estatus, sí, es un hecho inapelable, no es un definidor clínico, y una liga con la exigencia de la Premier League desnuda más las falencias que una Segunda División española, que, sin embargo y entre líneas, ya las anticipaba. No obstante, como elogio, Darwin también produce, es decir, despilfarra lo que él consigue granjear creando ventajas con su físico hercúleo, que ya empezaban a cincelar los más finos escultores de la nutrición y el entrenamiento profesional de España, pero que demoraron nueve fechas hasta dejarlo a punto para debutar. Las comparaciones reduccionistas y simples asemejan a Darwin con Cavani e incluso Suárez, cuando no es tan sagaz en el área como el primero ni tan ingenioso como el segundo, pero esto, lejos de demeritarlo, permite un más acorde entendimiento de su juego: Darwin es un delantero agresivo, que ataca a los espacios llegando a ellos y no ocupándolos, catapultándose desde la banda izquierda con frecuencia, y que, a la vez, concilia mejor el ser veloz con ser fornido que sus referentes charrúas. En el “Indálico” convirtió 16 goles –solo por detrás de la cifra desopilante de 29 tantos de Stuani, los 19 del colombiano Luis Suárez y los 18 de Yuri de Souza –y entregó 3 asistencias en 32 partidos, una cifra auspiciosa, pero que no fue suficiente para ascender al club a la primera división, el propósito principal, cayendo ante el Girona de su ya aludido compatriota Stuani. Como consuelo para la institución, el Benfica pagaría su cláusula de rescisión de 25 millones tras una sola temporada y justificaría la inversión en el plano financiero.
Portugal y la pedagogía dura
Portugal parecía un destino transicional adecuado, un trampolín para el “yaguareté” uruguayo, pues, sin la demanda inmediata de las cinco grandes ligas de Europa, es una oportunidad, como lo son Holanda o Bélgica, para pulir las asperezas del juego y volverse un mejor futbolista que el que llega. Jugando en un inicio en la doble punta, su primera temporada, a todas luces de adaptación, lo colocó en un rol improvisado de asistidor, al anotar apenas 14 goles en 44 partidos, pero, no obstante, repartir 11 asistencias. En la segunda (ya con un 4-2-3-1), no obstante, su desempeño fue incontrastable, y lo ungió como el mejor delantero en las tierras lusitanas: 34 anotaciones, 4 asistencias y un montón de denodado esfuerzo defensivo y agresividad contragolpeadora en 41 partidos, más exhibiciones en las que se impuso con la exuberancia de su cuerpo y su furibundo remate diestro contra el mismísimo Liverpool de Klopp. Algo de él cautivó al entrenador alemán, que pagó más de lo que jamás había pagado por un delantero, y es comprensible, porque Darwin se agrandaba cuando y donde debía agrandarse, en los partidos en los que el hálito del goleador debe sostenerse por más tiempo, en la Champions League.
Entonces…
Para que Darwin brille requiere que el Liverpool amplíe el repertorio de las formas de atacar, pero necesita, también, una estructura que le permita, tanto en un sentido práctico como sobre todo psicológico, tropezar, ser falible, porque si bien su fiabilidad con el gol no parece ameritar los 100 millones desembolsados por la entidad “red”, lo cierto es que esta cifra es intrascendente con respecto a lo que sucede sobre el césped. Casi ningún delantero, por ejemplo, puede jactarse de disfrutar del estado atlético y el compromiso del nueve sudamericano, que emplea tanto en la presión como en los movimientos sin pelota que importunan a las defensas rivales y las orillan hasta crear espacios para sus compañeros, más por intuición carnívora que por lectura de juego.
La prensa inglesa, más pródiga en atacar de form acéfala que en analizar o contextualizar, ya ha sentenciado de inoperante a Núñez, y las redes sociales han caricaturizado sus fallos en memes, pero si el delantero se abstrae y recuerda sus dificultades iniciales en España y Portugal, encontrará dentro de su propia biografía el ejemplo que necesita para transformar los abucheos de Anfield en aplausos. Darwin es como el Lazarillo de Tormes, un joven que aprende de los golpes que la vida le propina, pero que crece ante la miseria y la infamia. Lo que sabemos, no obstante, es que Klopp por ahora continúa creyendo en él, y mientras continúe haciéndolo, él no caminará solo.