Si la Comisión Europea hubiera existido en el Pleistoceno, habría recomendado a los cavernícolas guardar huesos de mamut por si las moscas. Pero estamos en 2025, Bruselas insiste en que preparemos mochilas anti-bélicas, y aunque la posibilidad de una guerra está ahí, porque los ucranianos no se la esperaban pese a las amenazas, ell riesgo más inmediato no son los misiles, sino la DANA que convierte tu urbanización en un parque acuático sin previo aviso. Ahí lo tienes: Europa, la campeona de preocuparse por la bala que no ha sonado mientras ignora el tsunami que ya está mojándole los pies.
La ironía es sublime. Mientras la UE nos advierte de conflictos armados futuribles, el cambio climático, ese invitado que lleva años tocando el timbre, ha entrado en casa, se ha servido un café y ha puesto los pies en la mesa. No es una metáfora: en 2024, Valencia se convirtió en el plató de Waterworld sin necesidad de Kevin Costner y con el resultado de varios centenares de muertos. Y en 2025, Almería —esta tierra donde los invernaderos ocupan ramblas en la misma proporción que las basuras — sigue esperando el terremoto que algún día hará temblar como ya lo hizo en el pasado. Pero, claro, ¿para qué hablar de lo urgente si podemos fantasear con escenarios de Call of Duty?
El kit de supervivencia bélico que propone Bruselas es como llevar un paraguas a un huracán: bienintencionado, pero ridículo. ¿De verdad necesitamos linternas tácticomilitares para sobrevivir a… una semana sin luz por un temporal? ¿O es más útil saber dónde diablos está la llave de paso del agua antes de que tu salón se convierta en una piscina low cost? La paradoja es que, mientras la UE juega a ser Nostradamus con hipótesis de guerra, ciudadanos de medio continente ya han vivido apocalipsis cotidianos: cortes de electricidad de días, carreteras colapsadas por riadas o la divertidísima sorpresa de abrir el grifo y que salga aire (spoiler: el cambio climático seca acuíferos) o un líquido turbio y espeso.
No se trata de ser alarmistas, sino de aplicar el sentido común que nos dejamos olvidado junto a las mascarillas de 2020. Por ejemplo:
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Agua embotellada y comida no perecedera: no para resistir un asedio, sino para no depender de Glovo cuando una tormenta convierte tu calle en una sucursal del río Amazonas.
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Una radio de pilas: no para escuchar códigos secretos, sino para saber si tu pueblo está en la lista de «zonas inundables» o si, por fin, van a arreglar la carretera que cortó el agua hace tres días.
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Baterías externas y linternas: no por si hackean los satélites, sino porque en 2025 seguimos sin resolver el misterio de por qué se va la luz cada vez que llueve más de veinte minutos.
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Un plan familiar: no para esconderse en un búnker, sino para que si tu hijo está en el colegio, tu madre en el fisio y tú en el súper, sepáis donde tener un punto de reunión o contacto.
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Mapas de papel porque Google Maps tampoco funciona sin internet.
- Dinero: Sí, monedas y billetes, porque tanto una guerra híbrida como una inundación, o incendio, pueden colapsar internet, y que no puedas comprar nada si no es en efectivo.
Lo gracioso —si no fuera trágico— es que llevamos años normalizando emergencias que suenan a guión de serie B. ¿Un incendio forestal? Ah, verano. ¿Una DANA? Toca sacar la canoa del trastero. ¿Un terremoto de 4.5 en Almería? Bueno, al menos no tembló mientras echaba la siesta. Pero eso sí, si preguntas a Bruselas, el verdadero peligro son los tanques rusos, no que el mar de Alborán decida enviarte un saludo con olas de cinco metros, que es algo que puede pasar y que los modelos matemáticos que manejan los meteorólogos lo tienen previsto.
La moraleja es clara: la prevención no es paranoia, es pragmatismo. Y aunque la UE insista en vendernos el kit de guerra como si fuéramos extras de Stranger Things, lo cierto es que nuestro día a día ya incluye su propio catálogo de desastres. Así que, permitan una sugerencia: igual deberían dejar de dibujar enemigos imaginarios y ayudar a los países a gestionar las ramblas bloqueadas, los tendidos eléctricos obsoletos y los planes urbanísticos que parecen diseñados por un mono con una tablet.
Sí, Bruselas, guardaremos latas de atún. Pero no por si viene Putin, sino por si el temporal de turno nos deja incomunicados, el grifo se queda seco o la luz se va justo cuando íbamos a ver el final de Juego de Tronos (de nuevo). Porque en 2025, la posverdad es esta: el apocalipsis no será nuclear, será una tormenta perfecta… y nos pillarán sin pilas.