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¡Las ristras de ajos!
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(Foto: malasombra)

¡Las ristras de ajos!

Por Juan Torrijos Arribas
viernes 04 de octubre de 2024, 07:00h

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En las retinas de mis ojos, en los recuerdos de mi juventud, eran las ristras de ajos, colgadas en sus paredes, y los grandes jamones, las imágenes guardadas de una de las ventas más famosas de la provincia. Ligaba uno aquellas ristras con algunas de las películas de aquel mítico actor, de apellido Lee, que llenaba los miedos infantiles con la figura del conde Drácula. Siempre me ha producido una sensación de terror cuando aquellos colmillos se acercaban al cuelo de la protagonista, siempre guapa, rubia y desvalida.

Hace un par de semanas me acerqué a una de esas viejas y clásicas ventas almerienses: La Venta del Pobre. De las imágenes guardadas en mi memoria no quedaba ninguna. Las ristras de ajos, aquellas con las que la mente infantil se defendía de los vampiros habían desaparecido, y los jamones, con ese cono metálico al final, que iba recogiendo durante los días de calor la grasa, tampoco estaban en sus lugares de origen. Todo había cambiado. Nada era lo mismo. He tardado mucho en volver, me dije.

No era cosa de recoger velas y buscar otro lugar donde llenar la andorga. Y bien llena quedó, a buen decir de los que allí estábamos. Estaba lejos esta Venta del Pobre de la imagen que uno guardaba, pero una vez que recuerdas que estás en el 2024, que las ristras de ajos ya no son necesarias, que Drácula ya no asusta ni al más infante de la familia, que ahora es el político de turno, con sus insaciables colmillos los que sangran a los ciudadanos de este país, sin pensar si ellas son rubias, guapas o feas.

Hoy los camareros que atienden en la Venta del Pobre visten elegantemente, les cuelga un pinganillo de la oreja, nada que ver con las ristras de ajos y te atienden solícitos, amables y con prontitud. La tecnología llegó a la vieja venta, y las tablets son el instrumento para comunicarse. Algo de temor me produjo el hecho. Era de esperar que la tecnología no hubiera llegado a la cocina, que los ajos siguieran siendo ajos, que el jamón siguiera sudando en días de calor y que las verduras no fueran demasiado ecológicas, de esas que al final de tan ecológicas no saben a nada.

Si les declaro que hemos decidido volver a la Venta del Pobre, entenderán que salimos satisfechos, las verduras a la brasa estaban deliciosas, las patas de políticos (perdón, de cerdo, en qué estaría pensando), eran para chuparse los dedos, en cuanto a las chuletas de cordero segureño a la brasa, de las que se pueden pedir una segunda ración. No recuerdo la recomendación de los vinos de ese mes. El blanco delicioso, el rojo en su punto.

Aquel día se me cayó una imagen guardada durante años. No estaban las ristras de ajos, tampoco los jamones colgados, los camareros no eran los de antaño y me faltaba un señor con sombrero que andaba casi siempre tras la barra. Por un segundo creí en la máquina del tiempo, pasé de los años sesenta del siglo pasado a los 24 de este. Un buen salto en el tiempo. No nos vino mal a los allí reunidos conocer este nueva etapa de la Venta del Pobre. Y llenamos la andorga, y más que bien, que era de lo que se trataba.