Rafael M. Martos | Viernes 29 de mayo de 2020
La nota adjunta a la tarea de la semana que recibe mi hija desde el colegio termina con un “ánimo, campeona, que ya solo queda esta semanita y tres de junio”, y cuando lo leo solo puedo echar cuentas, sumar, y calcular que van a ser casi cuatro meses sin clase, y que si todo le sale al presidente Pedro Sánchez como espera, serán cuatro meses bajo el mando único del Estado de Alarma.
Lo que no sé yo es lo vamos a aguantar la escalada de crispación a la que algunos están queriendo conducirnos con paso firme, no sé si por pura irresponsabilidad fundada en cálculos electorales, o irresponsabilidad debida a que siempre han sido, y por tanto siguen siendo, unos irresponsables.
No voy a negar mi convencimiento de que Vox añora una España franquista, uniforme y uniformada, y que hay quien desde sus filas llama al Ejército a rebelarse, como la diputada por Almería Rocío de Meer, quizá porque de casta le viene al galgo. Pero de ahí, a considerar que estarían dispuestos a impulsar o justificar un golpe de Estado, va un trecho que solo alguien tan verborréico como el vicepresidente Pablo Iglesias, se atreve a cruzar con desparpajo.
Pero el caso es que Iglesias está en el CNI, donde Pedro Sánchez le metió por la puerta de atrás, y que alguien que se sienta a la mesa de los espías, señale a Vox de no “atreverse” a dar un golpe de Estado, da qué pensar, sobre todo porque dicha afirmación la hizo de un modo premeditado y reiterado en dos ocasiones en una comisión del Congreso, luego en rueda de prensa, y con la insistencia en la idea de su pareja, la ministra de Igualdad, Irene Montero.
Si bien es verdad que Vox lleva militares en sus filas, no lo es menos la pasión de Iglesias y los suyos por el comandante Ché Guevara, por el comandante Fidel Castro, por el comandante Hugo Chavez, o su defensa del derecho a portar armas por parte de los civiles como en Estados Unidos, o su compromiso hasta más allá del deber –por usar un término tan propio- con quien fuera Jefe del Estado Mayor de la Defensa, a quien fue colocando allá donde pudo aunque sin lograr ningún éxito electoral.
Lo que menos necesitamos los ciudadanos ahora son estas tensiones absurdas porque estamos nosotros mismos ya demasiado tensos, demasiado agotados por la crisis epidémica y económica, y es insufrible que haya quienes pidan una moción de censura contra el Gobierno cuando constitucionalmente no puede hacerse porque no llevan tiempo suficiente para ello, y es lamentable que el vicepresidente de ese Gobierno se comporte en una comisión que tiene como objeto la “reconstrucción” del país, como un macarra vacilón.
Las palabras de Iglesias tienen un único objetivo, y es el de inocular en la ciudadanía la deslegitimación democrática de Vox, para más tarde, ampliar esa idea al PP, y si Ciudadanos no son buenos y sumisos, pues también serán acusados de conspirar contra el Gobierno.
A partir de ahí, deslegitimada la oposición por antidemocrática, y con el 60% de la ciudadanía española viviendo de las arcas públicas de un modo –funcionarios- u otro –subsidiados-, solo falta el control de la judicatura, que en España, gracias a que el socialista Alfonso Guerra sentenció que “Montesquieu ha muerto” (frase quizá no suya, pero sí atribuida) se logra desde el Congreso.
La sonrisilla de Pablo Iglesias mientras le decía a Espinosa de los Monteros que cerrara la puerta al salir, se entiende perfectamente después de todo esto.
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