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No es antisemitismo
(Foto: malasombra)

No es antisemitismo

Por Rafael M. Martos
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martes 31 de octubre de 2023, 10:15h

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En las últimas semanas, se ha recrudecido el conflicto entre Israel y Palestina, tras el ataque terrorista de Hamas a principios de octubre, que causó la muerte de más de un millar civiles israelíes. La respuesta del Estado de Israel está siendo desproporcionada, bombardeando indiscriminadamente la Franja de Gaza y causando hasta seis mil víctimas palestinas, entre ellas muchísimos niños y mujeres en solo unos pocos días en un terrorífico efecto multiplicador del ojo por ojo.

Ante esta situación, muchas personas han expresado su solidaridad con el pueblo palestino, denunciando las atrocidades cometidas por el Estado de Israel y exigiendo el fin de la ocupación y el bloqueo que sufren desde hace décadas, convirtiendo esos territorios en auténticas cárceles a cielo abierto, a las que se deporta sin explicación a todo aquel que no es judío, porque no solo les limitan cuantos pueden salir y en qué condiciones, sino también el suministro eléctrico, el agua, la comida o las medicinas. Sin embargo, estas voces han sido acusadas de antisemitas por algunos sectores, que pretenden equiparar la crítica al sionismo con el odio a los judíos.

Pero esta acusación es falsa y malintencionada. El antisemitismo es el rechazo a los semitas, un grupo étnico y lingüístico al que pertenecen tanto los judíos como los árabes. El antisemitismo es una forma de racismo que ha perseguido y discriminado a los judíos a lo largo de la historia, y que ahonda sus raíces en el cristianismo, y así tenemos como grandes paradigmas de ello a los Reyes Católicos o al mismísimo Franco y la “conspiración judeomasónica”, llegando al extremo del genocidio nazi durante la Segunda Guerra Mundial.

El periódico católico Civiltà Cattolica publicaba en 1897 una valoración bíblico-teológica acerca del sionismo: "1827 años han pasado desde que la predicción de Jesús de Nazareth se cumplió... que [después de la destrucción de Jerusalén] los judíos serían llevados lejos para ser esclavos entre las naciones y que deberían permanecer en dispersión [diáspora, galut] hasta el fin del mundo". Así mismo, Civiltà Cattolica consideró que a los judíos no debería permitírsele regresar a Palestina con soberanía: "Según las sagradas escrituras, el pueblo judío debe vivir siempre disperso y vagabundo entre las otras naciones, para que puedan rendir testimonio de Cristo no solo por las escrituras... sino por su propia existencia".​

El Papa Pío X dijo en relación a la creación del Estado de Israel: "No somos capaces de favorecer este movimiento. No podemos evitar que los judíos vayan a Jerusalén, pero nunca podremos sancionarlo... los judíos no han reconocido a nuestro señor, por lo tanto no podemos reconocer al pueblo judío".

Afortunadamente ese antisemitismo y ese antisionismo han quedado atrás, y Juan Pablo II, rectificó aquella línea, pero hay que dejar constancia de ella hasta entonces, sobre todo cuando abundan quienes acusan a la izquierda de antisemita.

El sionismo es una ideología política que defiende la implementación de un Estado judío en la tierra de Palestina, basándose en argumentos religiosos, históricos y nacionalistas. El sionismo no representa a todos los judíos, sino solo a una parte de ellos. De hecho, hay muchos judíos que se oponen al sionismo y que apoyan la causa palestina, como los judíos ortodoxos antisionistas o los judíos progresistas, perseguidos con igual saña, puesto que no en vano el actual partido en el gobierno de Israel, el Likud, hunde sus raíces en una organización terrorista llamada Irgún.

Ser antisionista no es ser antisemita, sino defender el derecho de los palestinos a vivir en paz y libertad en su propia tierra, sin ser sometidos a la opresión y la violencia del Estado de Israel, que por cierto, fue reconocido por la Unión Soviética de Josef Stalin, comunista él.

Ser antisionista es rechazar la idea de que una raza o una religión tenga derecho a tener un país propio, a expensas de otra, es decir, no ser racista. Ser antisionista es cuestionar la legitimidad de un Estado que se fundó sobre la base de la limpieza étnica. ¿Es que era aceptable la Sudáfrica del aparheid, donde el color de la piel determinaba los derechos y deberes? ¿Sería aplaudido que lo gitanos, como etnia perseguida históricamente, reclamara también tener un país propio? ¿Quizá era tolerable la pretensión nazi de que solo los germanos de raza dominaran en el Reich?

Como Noam Chomsky argumentó, los partidarios israelíes a menudo tratan de equiparar el antisionismo con el antisemitismo, para silenciar a la oposición a las políticas del Estado de Israel.

Condenar el atentado terrorista de Hamas no es ser sionista, sino defender el valor de la vida humana y rechazar la violencia como medio para resolver los conflictos. Pero acusar a Israel de dar una respuesta criminal, no es sino denunciar la hipocresía y la impunidad con la que actúa un Estado que se dice democrático y civilizado, y se pone al mismo nivel moral de una banda de asesinos armados y desalmados. Si el Estado de Israel no quiere equiparado a Hamas, lo que debe hacer es no actuar igual.

No caigamos en la trampa de confundir los términos. No dejemos que nos silencien con falsas acusaciones. No permitamos que se siga cometiendo una injusticia histórica contra un pueblo que solo pide justicia, que quiere que Israel cumpla las Resoluciones de Naciones Unidas.

No es antisemitismo.

Rafael M. Martos

Editor de Noticias de Almería

Periodista. Autor de "No les va a gustar", "Palomares en los papeles secretos EEUU", "Bandera de la infamia", "Más allá del cementerio azul", "Covid19: Diario del confinamiento" y "Por Andalucía Libre: La postverdad construida sobre la lucha por la autonomía andaluza". Y también de las novelas "Todo por la patria", "Una bala en el faro" y "El río que mueve Andorra"