Pedro Sánchez está de visita turística en Marruecos con su familia. Aprovecha para recorrer los zocos, esos mercados llenos de color y vida donde se puede encontrar de todo. Sánchez se siente atraído por las alfombras, las especias, las joyas, las lámparas… Pero sobre todo, le gusta el arte de regatear. Sánchez sabe que en el zoco hay que negociar el precio de lo que se quiere comprar, y que hay que hacerlo con habilidad y paciencia. Sánchez cree que tiene esas cualidades, y que puede aplicarlas también a la política.
Sánchez lleva unos cuantos años al frente del Gobierno de España, tras una moción de censura contra Mariano Rajoy, y luego ganar unas elecciones generales. Desde entonces, ha tenido que regatear con muchos actores para mantenerse en el poder: con Podemos, con los nacionalistas, con los independentistas, con los abertzales… Su baza entonces era ser la lista más votada, ser quien más diputados tenía, y exigía para sí el mismo trato que él, personalmente no dio a Rajoy.
Hace cuatro años, Sánchez ya había evidenciado lo que todo el mundo ha considerado una mentira y para él solo un cambio de criterio, y fue que dijo que él jamás pactaría con Podemos y pactó, y no dormiría tranquilo con Pablo Iglesias como vicepresidente suyo, y lo nombró. A estas alturas él seguía sosteniendo que no pactaría con EH Bildu, por ejemplo, y se negaba a hablar de indultos a los procesados por el procés catalán… Con esas mimbres, muchos pensaban que el Gobierno de Sánchez no duraría, porque no podría dar todo lo que los demás le pidiesen para mantenerse en el cargo, y que los líos internos del gobierno iban a ser tantos que en esa jaula de grillos no iba a haber solución.
Pero el tiempo ha demostrado que Sánchez es un resistente, como a él le gusta presumir. “Somos un gobierno fuerte, cohesionado y con un proyecto claro para España”, dijo en una entrevista reciente. Pero si ha sido un resistente es por su capacidad para ceder ante todo lo que le han pedido: quitar la sedición, pues la quita del código penal; indultar, pues indulta; entregar alcaldías y otros cargos públicos a Bildu, pues los entrega… Y así llegamos a la cesión con el tema del Sáhara que acaba con la insultante visita familiar a Marruecos (¿le habrán puesto micrófonos en las suites?) mientras el gobierno alauita sigue calificando a Ceuta y Melilla como “ciudades marroquíes ocupadas”…
Hay quien opina ahora que Sánchez, si como parece extremadamente probable, es investido, no durará en el cargo, que todo saltará por los aires. Pero quizá se equivoquen. Quizá Sánchez tenga aún más margen para seguir cediendo. Quizá no haya nada que le haga renunciar al poder. Quizá sea capaz de aguantar hasta el final de la legislatura. O quizá incluso más allá. Como dijo Mariano Rajoy en su momento: “Por si alguien tiene alguna duda, no es el alcalde el que elige a los vecinos, los vecinos están allí. Van porque quieren”.
Sánchez se considera un superviviente, un resistente, un líder fuerte y cohesionado. Pero quizá no se dé cuenta de que en el zoco no solo hay que saber regatear, sino también saber cuándo parar. Quizá no sepa que hay cosas que no se pueden comprar ni vender, como la dignidad, la coherencia, la soberanía o la justicia. Quizá no entienda que hay un límite para ceder, y que ese límite lo marca la voluntad de los ciudadanos. Quizá no sepa que en el zoco también hay trampas, engaños y estafas. Y quizá no sepa que en el zoco, tarde o temprano, se acaba pagando el precio.