Pedro Sánchez se ha olvidado de que el 28-M no se vota al presidente del Gobierno, sino a los alcaldes y a los presidentes autonómicos. Pero eso no le impide soltar promesas a diestro y siniestro que afectan al Estado y no a los municipios o las autonomías. ¿Qué nos espera entonces para las generales? ¿Qué excusa pondrá si no cumple lo que ahora ofrece a cambio de votos para el PSOE?
El Consejo de Ministros se ha convertido en un escaparate electoral, con una lluvia de medidas que tocan la vivienda, la educación, el transporte... y la campaña ni siquiera ha empezado oficialmente. Pero estas medidas son un brindis al sol que nada tienen que ver con las competencias de los que se presentan el 28-M. Sánchez está usando el BOE como un cebo para movilizar a la izquierda y frenar al PP y a Vox.
Pero esta estrategia puede salirle cara, no solo porque entra en una puja en la que siempre le pueden superar sus socios de izquierda, como hemos visto con el cheque de 20.000 euros para cada joven que cumpla 18 años, sino porque puede generar un efecto boomerang entre los ciudadanos que esperan hechos y no palabras.
Por otro lado, porque puede despertar al electorado de centro-derecha, que ve en Sánchez un riesgo para la economía de un país en el que las clases medias están cada vez más ahogadas, y no porque se ayude a los más necesitados, sino porque se anuncian ocurrencias. Unas ocurrencias que tienen una característica común en todos los casos, y es que están dirigidas a los más jóvenes, afinando hasta el extremo de que apuntan casi siempre a los que ronda los 18 años, es decir, los nuevo votantes. Quizá porque es consciente de que los adultos ya no le creen.
Es desde luego una estrategia muy peligrosa la elegida por Sánchez, puesto que desde mayo hasta diciembre es tiempo suficiente como para que la ciudadanía compruebe si ha cumplido o no, y si el no gana, el PSOE, pierde.