Decir adiós es una de las acciones más difíciles que puede afrontar el ser humano. Implica renunciar a algo o a alguien que ha formado parte de nuestra vida, y aceptar que ya no estará más con nosotros. Es un proceso de duelo que requiere tiempo, valentía y madurez.
En el ámbito de la política, saber decir adiós es especialmente importante, pues implica reconocer que el poder es efímero y que los votantes son los que tienen la última palabra. No se trata de aferrarse a un cargo o a una influencia que ya no se tiene, sino de dejar paso a las nuevas generaciones y a las nuevas ideas.
Sin embargo, no todos los políticos saben decir adiós con dignidad y elegancia. Algunos se resisten a abandonar el foco público, y buscan cualquier excusa para seguir apareciendo en los medios, opinando sobre temas que ya no les competen, o intentando mantener una relevancia que ya han perdido.
Como dijo el escritor Arthur Schnitzler: "Las despedidas siempre duelen, aun cuando haga tiempo que se ansíen" asi que imaginen lo que padece quien no ansía la despedida sino todo lo contrario.
Pero hay que tener en cuenta que las despedidas también son oportunidades para empezar de nuevo, para reinventarse, para aprender de los errores y para valorar lo que se ha vivido.
Algunos políticos han sabido decir adiós con humildad y gratitud, reconociendo sus aciertos y sus fallos, y agradeciendo el apoyo de sus seguidores. Otros, en cambio, han dejado un sabor amargo en la boca de sus votantes, que se han sentido defraudados, traicionados o abandonados por ellos. En todo caso, no deja de ser pasado. Y todo pasa incluso en la memoria del elector.
Un ejemplo de esto último fue el caso de Felipe González, que tras su retirada de la política activa en 1996, fue calificado como un "jarrón chino", que hace bonito pero nadie sabe dónde ponerlo. Y como él, otros muchos, como José María Aznar, que tras dejar la presidencia del gobierno en 2004, siguió interviniendo con polémicas declaraciones. Otro jarrón chino.
Pero no hay que irse tan atrás ni tan lejos para encontrar ejemplos de políticos que no saben decir adiós. En la actualidad, vemos cómo Alberto Garzón anuncia su retirada de la primera línea política, pero es difícil creerle, pues es demasiado joven y tiene demasiada ambición. Como le pasó a Pablo Iglesias, que tras dimitir como vicepresidente del gobierno y como líder de Podemos, sigue mandando más que antes desde su programa de televisión. Habrá que ver qué pasa con Irene Montero ¿será ésta su despedida de la política al ser vetada en las listas de Sumar, o hará la guerra desde otro lugar a quienes la excluyeron?
Pero tampoco hay que ir tan lejos para ver casos de políticos que no quieren despedirse del foco público. En Almería también hay quienes no se resignan a que los votantes se hayan despedido de ellos, dispuestos a agarrarse a cualquier micrófono, a cualquier cámara... y todo para seguir en el candelero, como diría la insigne Sofía Mazagatos, en el candelabro.
Como dijo el poeta Mario Quintana: "Las manos que dicen adiós son pájaros que van muriendo lentamente". Pero también pueden ser semillas que germinan en otro lugar, dando frutos nuevos y mejores. Saber decir adiós es un arte que no todos dominan, pero que todos deberían practicar. Porque, como dice una canción de rock español: "No hay mal que por bien no venga / ni pena que dure cien años / ni gloria que no se acabe / ni adiós que no tenga un hasta luego".