El verano se acaba, y con él se van los días de sol, playa y diversión. Pero no todo es tristeza y nostalgia, o no debería serlo. Para los que vivimos en Almería, el final del verano también significa el inicio de una nueva etapa, más tranquila y auténtica, en la que recuperamos nuestra ciudad, nuestra gente y nuestro ritmo, sin la presión aplastante del calor y el agobio de no tener un metro cuadrado en la arena donde echar la toalla... solo compensado por no tener un metro cuadrado donde aparcar el coche.
Almería es una ciudad privilegiada, situada junto al mar Mediterráneo, con un clima suave y soleado durante todo el año. Es un lugar ideal para disfrutar de la naturaleza (y de la basuraleza también, porque pocas sanciones hay para tanto irresponsable), la gastronomía (cuyo proceso de suicidio es bastante interesante) y la cultura (de esto nos sobra). Pero también es un destino turístico muy demandado, especialmente en los meses de julio y agosto, cuando miles de visitantes llegan a nuestras playas, hoteles y restaurantes, casi siempre entre los más económicos y mejor valorados de Andalucía.
No tenemos nada en contra de los turistas, al contrario, nos alegramos de que vengan a conocer nuestra tierra y aporten riqueza y diversidad. Pero también tenemos que reconocer que el verano es una época de estrés, de aglomeraciones, de ruidos y de cambios, como una feria constante. El verano nos obliga a adaptarnos a un ritmo diferente, más acelerado y superficial, que a veces nos hace perder la esencia de lo que somos.
Por eso, cuando llega septiembre, sentimos una mezcla de sentimientos, y sentarse frente al mar se convierte en algo absolutamente distinto.
Por un lado, nos da pena despedirnos del verano, de sus fiestas pueblo a pueblo, de sus noches cortas e intensas, de los amigos reencontrados. Como dice la famosa canción del Dúo Dinámico: "El final del verano llegó / Y tú partirás / Yo no sé hasta cuándo / Este amor recordarás". Por otro lado, nos ilusiona volver a la normalidad, a nuestra rutina, a nuestro hogar. Como dice otra canción, esta vez de Marea: "Vuelvo a casa / Con las manos vacías / Pero con el alma llena / De haber vivido otro día".
El final del verano no es el final de todo ni mucho menos. Es el principio de algo nuevo, de una oportunidad para reinventarnos, para crecer, para aprender. Es el momento de retomar nuestros proyectos, nuestros sueños, nuestros desafíos. Es el tiempo de reencontrarnos con nosotros mismos, con nuestra familia... de llevar los niños al colegio, de esperar el autobús que no llega o se adelanta, de los compañeros y compañeras del trabajo, del ahogo de quien no tiene trabajo y se siente especialmente mal cuando ve a su alrededor tanta actividad.
Es la ocasión de disfrutar de Almería sin prisas, sin agobios, sin interferencias. Es la ocasión de redescubrir sus rincones, sus sabores, sus sonidos. De sentir su magia, su historia, su alma.
No hay que tener miedo al final del verano. Hay que agradecer lo que nos ha dado y prepararnos para lo que nos espera, que no es poco, y puede ser un estrambótico gobierno, una situación económica crítica, y un aumento de la tensión social precisamente por ambas cuestiones.
Hay que vivir cada día como si fuera el último, pero también como si fuera el primero. Hay que decir adiós al verano con una sonrisa y un hasta luego. Y hay que decir hola a la vida con un abrazo y un por qué no.